30.7.09

Rubem Fonseca - El agente (traducción: N. V.)

La placa decía “Inmobiliaria Ajax” y el agente subió al segundo piso. En la sala había únicamente una mesa, una silla y un hombre sentado, inmóvil, mirando al techo.
El agente lo miró y le dijo:
“Soy del Instituto de Estadística y vengo a hacerle el cuestionario.”
“¿Qué cuestionario?, preguntó el hombre, que estaba en la mesa.
“Nombre, nacionalidad, estado civil ---todos esos datos”.
“¿Para qué?”
“Para el empadronamiento, para saber cuántos somos, quiénes somos…”
“¿Quiénes somos? Eso no”, dijo el hombre de la mesa con cierto pesimismo.
“El empadronamiento nos dará la respuesta de todo”, dijo el agente.
“Pero yo no quiero saber nada de nada”, dijo el hombre. “¿No se da cuenta”, agregó, bruscamente fastidiado, “ de que estoy ocupado”?
“Usted me disculpará”, dijo el agente, “pero estoy obligado a llenar su ficha, y usted también está, de cierta forma, obligado a colaborar. ¿No leyó la proclamación del presidente de la República?”
“No.”
“Salió publicada en todos los diarios. El presidente dijo…”
“Eso no interesa”, dijo el hombre levantando la silla, abriendo los brazos, “por favor.”
Pero el agente, con un lápiz en una mano y el formulario en la otra, no contempló el pedido. “¿Su nombre?”, inquirió.
“José Figueiredo. Pero eso no va a adelantar nada”, dijo el hombre, sentándose de nuevo.
El agente, que ya había escrito “José” en el formulario, se detuvo y le preguntó:
“¿Por qué? Usted no me está dando un nombre falso, ¿o sí?”
“¡Oh, no! Mi nombre es José Figueiredo. Siempre lo fue. Pero si yo me muriera mañana, ¿eso no falsificaría el resultado?”
“Ese riesgo lo tenemos que sufrir” *, respondió el agente.
“¿Morir?” [1]
“Siempre muere alguien durante el proceso de empadronamiento, pero está todo previsto. Otros nacen, pero está todo previsto. Está todo previsto”, dijo el agente.
“Quiere decir que yo me puedo morir mañana sin perturbar la vida de nadie”, preguntó José.
“Claro ---de cualquier manera, usted no tiene cara de que vaya a morirse mañana; está medio pálido y decaído, de hecho, pero si se aplica unas inyecciones, esto se le pasa. ¿Estado civil?”
“¿Usted puede guardar un secreto?”, dijo José.
“¿Viudo?”
“… ¿un secreto que va a durar poco?”, continuó José.
“Yo sólo quiero saber su estado civil, su…”, empezó el agente.
“Me voy a matar mañana”, lo cortó José.
“¿Cómo? ¡Es ridículo! ¿Usted me está cargando?”
“Míreme bien”, dijo José, “¿tengo cara de estar cargándolo?”
“No”, dijo el agente.
“No escribí ninguna carta de despedida; o, mejor, escribí, escribí varias, pero ninguna me gustó. Además, no sabía a quién dirigirlas: ¿al delegado de la policía? ---imposible; ¿A Quien Interese? ---muy impreciso.”
“Qué cosa”, murmuró el agente, “¿entonces usted se va a matar en serio?”
“Sí. Y no hace falta que se inquiete tanto.”
“Pero eso es ridículo”, dijo el agente, por segunda vez en el día. “¿A usted no le gusta vivir?”
“Bien”, dijo José, poniéndose una mano en la cara y mirando al techo, “hay ciertas cosas que aun me gustaría hacer, como besar a una rubiecita que pasó, hace un tiempo, por la calle al lado mío, bañarme con ella en el mar y después quedarme en la arena y que el sol me seque el cuerpo. Pero esto debe ser influencia del cielo”, dijo él, mirando por la ventana, “que hoy está muy azul”.
“Le sugiero abandonar ese propósito. Prométame que no irá a cometer ese acto”, dijo el agente. “Estoy apurado”, añadió inmediatamente, cuando vio que José movía la cabeza.
“Ya lo decidí; ya no puedo volver atrás”.
“Eso es una locura. Yo no me puedo quedar acá hasta mañana, toda la vida, esperando convencerlo de su insensatez. No puedo perder mi tiempo”, continuó, ahora con más vigor, “también necesito vivir; diez minutos de mi tiempo corresponden a un cuestionario; cada cuestionario corresponde a ciento setenta pesos [2]y cincuenta centavos”.
“Aprecio mucho su interés”, dijo José.
“De nada, de nada”, dijo el agente, mirando el suelo. “Todavía no hice nada hoy”, agregó después de una pausa.
José se levantó y le extendió la mano. Se estrecharon las manos en silencio.
El agente bajó las escaleras lentamente. Cuando llegó a la calle, sacó una hoja de direcciones de su bolso y con un lápiz tachó el nombre “Inmobiliaria Ajax”. Después miró el reloj y apuró el paso.

[1] Hay un juego de palabras, forzoso de traducir al castellano, entre "correr" (la respuesta del agente) y "morrer" (lo que el hombre entiende).
[2] "Cruzeiros" en el original.